Sunday, June 1, 2014

ESPERANDO POR EL CAMBIO DEL OTRO QUE NUNCA LLEGA

La mayor parte de nosotros reconoce que necesita cambiar, para bien, para mejor. Es algo natural en el espíritu humano. Algo que nos recuerda que somos hijos de un Padre Celestial Perfecto que quiere vernos crecer, mejorar, progresar. Queremos que los demás tengan paciencia con nosotros en cuanto al tiempo que nos llevará cambiar, corregir esos defectos, superar esos miedos que nos paralizan y luchar contra nuestros pensamientos negativos. Sí, sabemos que todo cambio emocional y espiritual es doloroso y lleva tiempo. Sí, sabemos que Dios actúa cuando deseamos cambiar pero no inmediatamente. Sabemos que Sus tiempos no son los nuestros. Y esperamos que nuestra pareja nos tenga paciencia.


Cuando hacemos un esfuerzo sostenido por cambiar pero damos marcha atrás regularmente, como el cangrejo, dando un paso hacia adelante y dos hacia atrás, nos justificamos con nuestro ser amado y pedimos tiempo para nosotros....pero cuántos estamos dispuestos a darle a otros, especialmente a nuestro cónyuge, un plazo indefinido de tiempo de cambio, ejerciendo para ello paciencia, compasión y misericordia?... Todos quisiéramos que ellos cambiaran YA porque sus problemas, sus fallas y defectos nos tienen hartos y no estamos dispuestos a soportarlos por un largo plazo.



Esta última postura es egoísta. Esta posición de apuro con los otros y lentitud en uno mismo nos recuerda el versículo bíblico donde Jesús nos cuestiona: "¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lucas 6, 41-42).

                                                                                

Cuando tratamos de apresurar el cambio ajeno pecamos de arrogantes. Nos falta humildad. Nos falta espíritu de compasión. misericordia y perdón. Si la otra persona, especialmente nuestro cónyuge, desea sinceramente cambiar y lo está intentando con esfuerzo constante, por qué somos tan proclives a juzgar y condenar cada vez que cae y nos vuelve a fallar? Es que nosotros no le fallamos a nadie? Es que nosotros no caemos acaso una y otra vez en nuestro propio proceso de cambio?... Jesús nos dio un mandamiento al respecto, claro como el agua: "No juzguéis, y no seréis juzgados: no condenéis, y no seréis condenados: perdonad, y seréis perdonados...."


Qué podemos hacer entonces para acelerar el proceso de cambio de nuestro ser amado? Número uno: confiar en Dios. El es el llamado a conducir ese proceso de cambio y de Su Voluntad dependerá la velocidad o lentitud en que llegue a plasmarse. Pocos apóstoles en el Nuevo Testamento fueron cambiados de inmediato, de la noche a la mañana. Con la excepción de Pablo, los demás tuvieron que aprender a confiar y creer en Jesús como Hijo de Dios y Mesías del mundo. Pedro le falló a Jesús varias veces y el Señor no dejó de demostrarle su infinita paciencia y misericordia.


La segunda cosa que podemos hacer es orar. Orar para que el Señor nos dé Su paciencia para esperar que el cambio de nuestro ser amado y el propio lleguen a su término en Su tiempo. Y esa es la promesa a la que se referiere Pablo en Filipenses 1:6 "estando convencido precisamente de esto: que El que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús".

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